Monday, November 02, 2026

Un poema de Maya Angelou para el Día de los muertos

Cuando los grandes árboles caen,

las rocas se estremecen a lo lejos,

los leones se agazapan

entre la hierba alta

y hasta los elefantes avanzan

con torpeza en busca de refugio.


​Cuando los grandes árboles caen

en el bosque,

las criaturas pequeñas se repliegan

en silencio,

con los sentidos arrasados

más allá del miedo.


​Cuando las grandes almas mueren,

el aire que nos rodea se vuelve

raro, ligero, estéril.

Respiramos por un instante.

Nuestros ojos por un instante

ven con una claridad que duele.

Nuestra memoria repentinamente afilada

examina mastica

las palabras amables

que no dijimos

y esos paseos que prometimos

y nunca dimos.


​Las grandes almas mueren

y nuestra realidad,

pegada a ellas, se aleja.

Nuestras almas,

que dependían de su alimento,

ahora se marchitan.

Nuestras mentes,

formadas e informadas

por su brillo, se desmoronan.

No nos volvemos locos,

más bien nos reducimos

a una ignorancia indecible

de oscuras y frías cavernas.


​Y cuando las grandes almas mueren,

después de un tiempo florece la paz,

lentamente y siempre irregular.

Los espacios se llenan

de una confortante vibración eléctrica.

Nuestros sentidos, restaurados,

nunca los mismos otra vez,

nos susurran.

Existieron. Sí, existieron.

Podemos ser. Ser y ser

mejores. Porque ellos existieron.

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