Tuesday, November 21, 2017

Hojas de hipnos - René Char

129
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos
se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.

130
He confeccionado con residuos de montañas hombres que alguna vez
embalsamarán los glaciares.

131
En todas nuestras comidas en común, invitamos a la libertad a sentarse. El lugar permanece vacío pero el cubierto está puesto.

132
Parece que la imaginación que frecuenta en diversos grados el espíritu de toda criatura está obligada a separarse de ella cuando ésta sólo le propone “lo imposible” y “lo inaccesible” como extrema misión. Hay que reconocer que la poesía no es soberana en todas partes.

165
El fruto es ciego. Es el árbol el que ve.


Traducción Raúl Gustavo Aguirre


René Char y su perro

Monday, November 20, 2017

Cuaderno de notas - Raúl Gustavo Aguirre

Raúl Gustavo Aguirre, Elizabeth Azcona Cranwell y Alejandra Pizarnik
















5
Siempre se servirá la poesía de esa alianza impenetrable entre la confusión de un hombre y la presencia de un niño.

23
El poeta es el hombre de la lenta obsesión.

24
En tanta felicidad posible, misteriosamente asesinada, arde la poesía.

33
El estado de alarma y el estado de gracia son uno en el poeta.

35
El encuentro del cobre crispado: fin de la búsqueda para el alquimista sensible.

44
El poema suele ser a veces ese crujido aterrador tras una puerta clausurada.

45
Tiempo sin eufemismos donde cada mirada es un desafío, cada movimiento una liberación. El poeta, ausente del orden público, echa a perder sin cesar, combatiente anónimo en la terrible sesión secreta, las pruebas del fracaso del hombre.

53
La silla puede girar pero el mundo es todavía inmenso.





(De Cuaderno de notas, 1952-1956)

Wednesday, November 15, 2017

"Hay leña" de Jimena Arnolfi, por Daniel Gigena en Página 12


«Además de contar el éxodo desde la ciudad hasta el monte de una poeta, que escapa a la manera de una joven Thoreau nacida en la Reina del Plata, en Hay leña se reivindica la naturaleza en una época de crímenes contra la naturaleza. Es una posición atenuada pero constante en los más de treinta poemas, en los que apenas se advierten presencias humanas. Cuando aparecen, ellas ceden ante árboles, telarañas, ríos crecidos y el aroma de la tierra mezclado con el de las hierbas que crecen al pie.

Esa línea temática del segundo libro de Jimena Arnolfi (Buenos Aires, 1986) se combina con un deliberado acento ambiguo de la voz poética, que alterna entre aspiraciones universales, siempre tentadoras, y el color local. Curiosamente, los poemas cautivan cuando predomina el segundo aspecto, mientras la protagonista va en bicicleta a conocer el santuario del Gauchito Gil, o en el momento en que escapa de una sobremesa, aturdida por las discusiones políticas, o cuando personajes fronterizos pueblan pequeños cosmos hechos de versos. Como se lee en “Vigilancia”: “La aduana detiene a una mujer./ No encuentran nada sospechoso/ en su equipaje./ Ella señala su cabeza/ y dice a los vigilantes:/ ‘Acá tengo un millón de ideas’”. Las ideas que suscita la lectura de esa miniatura verbal reverberan como brasas.

Hay leña también se puede definir como la descripción de una lucha entre el miedo y el coraje durante una temporada de duelo. El miedo puede proyectar sombras desde el pasado o permanecer agazapado en el futuro y el coraje, en el registro que los poemas mantienen, se aprende al observar las lecciones de la naturaleza. Arnolfi empezó a escribir el libro cuando dejó de vivir en Buenos Aires y se mudó a una zona rural de Entre Ríos. “Vivo en una casa muy vieja rodeada de monte y animales –cuenta Arnolfi–. Escribir estos poemas fue mi manera de abrazar una nueva forma de vida. Es trabajoso habitar lugares como el campo o el monte porque implica mucho sacrificio, mucha soledad. Karen Blixen dice que ‘en la naturaleza no existe el mal, existe el horror’. Hay algo de esa oscuridad en mis poemas.”

Así como se dice que el árbol que no da frutos es bueno para leña, también se advierte que, mientras haya leña, el fuego arderá. “Estamos arruinados pero avanzamos”, se declara en “Fuente”. Las contradicciones y las paradojas desmantelan, como si fuera una casa malograda, la sensación de aislamiento contra la que se escribe. Sin embargo, en los poemas (que pocas veces exceden los veinte versos) se extienden brazos hacia lo inexplicable, se oculta un tesoro vegetal debajo de un árbol muerto y la naturaleza, que sabe más que la experiencia, da clases de templanza a quien quiera tomarlas. De todos modos, los poemas de Arnolfi parecen insinuar que la experiencia deberá hacerse allí donde se encuentre el cuerpo.

“Hay momentos en que los poemas protestan, aunque sea de mí misma –dice la autora–. El libro manifiesta cierto malestar con el clima de época. La naturaleza me dio palabras para conjurar esa sensación de intemperie. Si hay leña, algo puede pasar. El fuego no se va a apagar tan fácilmente. Hay leña para seguir y no bajar la guardia.” No sólo un cambio de época sino también un cambio de paisaje delimitan la zona donde se mueve actualmente la escritura de Arnolfi. En ese territorio donde se desvanecen imágenes del paraíso terrenal, salen brotes de las llamas, se miente para evitar el dolor ajeno y se contempla como un espectáculo una tormenta de estrellas, el presente todavía se busca a tientas: “Las estaciones van quedándose./ Todo lo demás pasa en la mente”.»





🔥💥 


Saturday, November 11, 2017

Visible y cercano - Circe Maia

Trabajo en lo visible y en lo cercano 
y no lo creas fácil. 
No quisiera ir más lejos. Todo esto 
que palpo y veo 
junto a mí, hora a hora 
es rebelde y resiste.
Para su vivo peso 
demasiado livianas se me hacen las palabras.


Cuando los grandes árboles caen - Maya Angelou

Cuando los grandes árboles caen,
las rocas en distantes colinas tiemblan,
los leones se agachan
detrás de los altos pastos
e incluso los elefantes
buscan con torpeza estar a resguardo.

Cuando los grandes árboles caen
en los bosques,
las pequeñas cosas se tapan de silencio,
sus sentidos
quedan desgastados más allá del miedo.

Cuando las grandes almas mueren,
el aire a nuestro alrededor se vuelve
ligero, raro, estéril.
Respiramos apenas.
Nuestros ojos apenas
ven con
una claridad que duele.
Nuestra memoria, de pronto agudizada,
examina,
rumia en las palabras bondadosas
no dichas,
los prometidos paseos
que no dimos.

Las grandes almas mueren y
nuestra realidad, pegada
a ellas, también se retira.
Nuestras almas,
dependientes de su
alimento,
ahora se encogen y marchitan.
Nuestras mentes, formadas
e informadas
por su brillo,
se abandonan.
No nos volvemos locos
más bien nos reducimos a una ignorancia indecible
de oscuras y frías
cuevas.

Y cuando las grandes almas mueren,
después de un tiempo la paz florece,
lentamente y siempre
con irregularidad. Los espacios se llenan
con una especie de
confortante vibración eléctrica.
Nuestros sentidos, restaurados, nunca
los mismos otra vez, nos susurran.
Existieron. Ellos existieron.
Podemos ser. Ser y ser
mejores. Porque ellos existieron.

  

Versión de Tom Maver


La poesía de Jimena Arnolfi - Por Leticia Martin





«Perros, caseríos, leña, enredadera, fuegos, madrigueras… cosas de las que están hechos los versos de Jimena Arnolfi. Sus ingredientes. Sus secretos. Versos que se amasan y ven la luz en cierta zona rural de Gualeguaychú. Versos transmigrados, autoexcluidos de la ciudad y sus costumbres, del gris asfalto y sus mañas citadinas. ¿Puede la realidad transformar los versos de un poeta? ¿Puede determinado lugar modificar el devenir de una obra?

“Le voy a contar a mi madre/ que dejé de llorar/ aunque sea mentira”.

Arnolfi nació en Buenos Aires en 1986. La conocí en una lectura en el barrio de Congreso, hace varios años, cuando las discusiones del campo literario era más retóricas, más puntuales y más ajustadas al decir poético que a la coyuntura política nacional. De aquel encuentro me quedó la impresión de haber conocido a una mujer entera, una poeta introspectiva y alegre, de sonrisa joven e intensa mirada interior. Sus palabras aquella noche, el tono de su voz, sus versos, todo me inclinó a la lectura posterior y a un reconocimiento, que sentí mutuo.

Un poema transforma al poeta, sea este quien lo da o quien lo toma. Si no hay transformación no hay poesía. Leer un poema –si este no se pretende más de lo que es– debería cambiarnos. Lo mismo cuando se trata de escribirlo, darle entidad, hacerle un lugar –por marginal que sea– entre la poesía de una época. De nada sirve la descripción inocua de estados y temperaturas, colores y materiales, nombres de cosas o lugares y personas. Las listas ordenan argumentos, devenires de capítulos, estructuras narrativas. Pero no se pueden enlistar adjetivos en el poema. No vale de nada hacerlo. Porque “describir en el poema es nombrar”. No lo digo yo. Lo dijo el poeta francés Henri Meschonnic. Adjetivar revela una confianza brutal en el lenguaje; ese tipo de confianza que da nombre, que no deja nunca de nombrar.

“Rancio” puede ser un comentario o el estómago de un perro en Gualeguaychú. Olor fuerte, putrefacción impregnada, vísceras echándose a perder. Arnolfi adjetiva así para nombrar a esa jauría desolada que le hace compañía. “Rancio”. No abusa del recurso. Sus versos accionan con limpieza quirúrgica. Quieren decir. Escriben verbos y sustantivos con primacía. Se dejan hablar por la poeta. Pero a veces, solo cuando es necesario, los adjetivos asoman seguros, concisos, únicos y deseados de tan escasos.

“Mis perros se purgan en público./ Creerán que a veces hacer todo mal/ es lo que hay que hacer./ Aplico mi oreja a sus estómagos,/ escucho el sonido de las tripas rancias/ que después vomitarán”. O más adelante: “Compartimos almohada con un millón de ácaros./ Todo está envuelto en las grietas calientes/ y oscuras del colchón. No duermo tranquila.”

La excepcionalidad del adjetivo exige el reparo en ese uso que se pretende inadecuado. Las grietas son “calientes y oscuras”. No son dobleces, no son líneas o formas de fábrica. Aquellos surcos del colchón son grietas, y como tales, son oscuras y calientes. ¿Hay alguien en la sala que no haya interpretado un sentido político en el uso del término “grieta” y un modo específico de nombrarla, a partir de esos únicos adjetivos del poema?

Arnolfi no celebra –algo que ha sido tan habitual en la poesía– sino que está casi enfrentada a su propia escritura. En lugar de aparecer jocosa, manipulando rimas o juegos de palabras, lo que elige es designar. Arnolfi doblega al lenguaje, da batalla, desgrana los objetos en sus “otros” sentidos posibles, analiza, define, inventa un mundo a partir de aquellos objetos que observa, y después lo habita. “No todas las trepadoras/ pueden agarrarse a la pared/ y enamorarse perdidamente./ Sus tramas son complejas,/ pliegue, repliegue, despliegue.”

Un poema es bueno cuando no celebra. Porque en ese gesto de detener la fiesta es que, entonces, el poema transforma la realidad. La observa, la recorta, la reedita. No hay misión del poeta más allá de esa. Volverse más humano, más sujeto sujetado en el lenguaje. Un poema es, antes que ninguna otra cosa, un acto del lenguaje. Una relación entre el sujeto y su lengua. No es el producto de un trabajo, ni expresa un intercambio material. Nada de eso.

El poema no reditúa, no educa, no alimenta, no dignifica. El poema significa. Da sentido al mundo de un sujeto porque se hace a él. Es el resultado de una praxis que no cesa en su razón de ser: seguir haciendo, siempre, a un sujeto.»





Estoy muy agradecida porque una lectura así, tan crítica y entre líneas, hace crecer lo que escribo y me deja pensando un montón de cosas nuevas. Muchas gracias a Leticia Martin por detener la fiesta para leer los poemas de *Hay leña* (Caleta Olivia, 2017). Qué alegría crepitante.


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