no te confíes, yo no te conservo,
no te voy a guardar para el invierno,
yo te abro y te como de un bocado.
*
No tengo simiente que esparcir en el mundo,
no puedo inundar los meaderos
ni los colchones. Mi avara simiente de mujer
es demasiado poco para un agravio. ¿Qué puedo
dejar en las calles, en las casas,
en los vientres infecundos? Palabras,
esas sí, a montones,
pero han dejado ya de parecerse a mí,
han olvidado la furia
y la maldición, se han vuelto señoritas,
tal vez de baja laya
pero señoritas al fin.
*
Llegados a cierta edad muy adulta
no nos podemos mostrar desesperados,
son realmente muchas las razones.
Se corre el riesgo del naturalismo.
*
Confiada del aire, abro la ventana
y entran extrañas inesperadas
intimidades. ¡Primera traición
de la mañana, grosera respuesta
del patio, comunión brutal!
Cierto, no siempre conviene levantarse.
*
Hermosos pensamientos nacen sobre los puentes
y siempre nos detenemos sobre los puentes
para contener ese átomo de gracia
suspendido en equilibrio
entre la gravedad de las orillas y el ciego curso del agua.
Te daré cita en un puente,
en esta tierra media de nadie.
*
Cuántas tentaciones atravieso
en el recorrido entre la pieza
y la cocina, entre la cocina
y el baño. Una mancha
en el pared, un pedazo de papel
caído en el piso, un vaso de agua,
un mirar por la ventana,
hola a la vecina,
una caricia a la gatita.
Así olvido siempre
la idea principal, me pierdo
por el camino, me desarmo
día a día, y en vano.
*
Por fingir el escozor del corazón, la humillación
de las entrañas, por huir maldecida
y maldiciendo, por guardar castidad
y por llorarla, por excluir mi boca
del sabor peligroso de otras bocas y empujarla
insaciada a saciarse del veneno de los platos
en cenas exaltadas cuando el vientre
ya hinchado sigue hinchándose;
por tocar soledades inalcanzables y allí
a los pies de la cama de una silla
o de una escalera recitar el adiós
por poderte excluir de mi imaginación
y cubrirte con cualquier nublado
para que tu luz no destiñera mi senda,
no trastornara mi círculo tras el cual
te reenvío, tú estrella involuntaria,
paso inesperado que me recuerdas la muerte.
Por todo eso te pedí un beso
y vos, inocente cómplice gentil, no me lo diste.

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