Wednesday, February 13, 2013

Entrevisté a Juana Molina y estuvo buenísimo

*Una versión de esta nota fue publicada en Miradas al Sur el Domingo 10 de Febrero de 2013.


















Hay que ser la mujer más libre del mundo para componer esas canciones. No hay más que picar sus discos en random. Son cinco: Rara, 1996 (producido por Gustavo Santaolalla); Segundo, 2003; Tres cosas, 2004; Son, 2006; Un día, 2008. La placa Tres cosas fue elegida por el New York Times entre los diez álbumes de pop más importantes del año junto a discos de Björk y U2, entre otros. Tocó en el Festival Coachella. Salió de gira con David Byrne, con Feist. Grabó voces para un tema de los Chemical Brothers. Pero todo eso fue después. Cuando dejó su carrera de actriz televisiva en el pico del estrellato para dedicarse a la música, sintió que la pusieron en penitencia. “Fueron años de insistir sufriendo”, resume. A fines de los ’90 se instaló en Los Ángeles porque había una radio muy importante que la pasaba todos los días. Programaban “Rara” o “Los días de humedad” de su primer disco: “Un amigo me llamó y me preguntó si había puesto plata porque me pasaban todos los días, no fallaba”.
–¿Fue una especie de escape?
–No sabía muy bien qué hacer, todavía estaba con el fantasma del programa de televisión y me costaba mucho ese tema. Siempre que aparecían los medios era para hablar de por qué había dejado la televisión y nunca el motivo era la música. Entonces me pareció un buen plan irme donde me iban a dar bola como música. Pero sí: fue una prueba para escaparme de la presión que sentía acá. Quería irme de esa especie de penitencia que me ponía el afuera por haber cambiado…
–¿Cuándo dejaste de “estar en penitencia”?
–Ahora que pasó el tiempo puedo notar que era un tema mío… Si me hubiese relajado un poco más, no necesitaba irme tan lejos para hacer lo que tenía ganas de hacer. Son puntos de vista que una tiene en el momento, cosas que una piensa y considera que son la gran verdad y al tiempo se diluye. Viví un año y medio allá. Después siempre viví en Buenos Aires pero quedó ese mito de que yo vivo afuera. Viajo mucho, nomás.

* * *
A los 5 años le regalaron la “primera guitarrita”. Entonces el desafío era tratar de cantar y tocar al mismo tiempo. “Cuando yo abría la boca para empezar a cantar –recuerda y se ríe–, la mano inmediatamente dejaba de tocar, en la música siempre fue así: terapéutico”. Al tiempo ya tenía un portaestudio y jugaba a grabarse cuando estaba sola. En su casa siempre había música. Pero si había una reunión o alguien le pedía cantar, ella no podía. “La música siempre me pareció algo tan profundo e importante que me resultaba imposible hacerlo frente a otros, sentía un pudor infinito”, dice Juana y no es contradictoria. La televisión no le costaba. Cuando ella actuaba, no tenía que mostrar nada muy íntimo. No era ella. Se había metido en televisión para hacer plata, hacer música era el fin. Después se le fue de las manos por la magnitud del éxito. Durante su primer embarazo, se dio cuenta y pudo reflexionar: “Si no hacía música me iba a morir de depresión”.
–A tu música hay que escucharla más de una vez, hay que entenderla. ¿A vos también te pasa con la música que escuchás? ¿Los discos que más te gustan son los que necesitan más tiempo?
–Absolutamente. Qué halago si te pasa eso con mi música. En general, si escucho algo y no sé muy bien qué me pasa y me quedo perpleja, sin demasiada opinión, tengo que volver a escuchar. Entonces el oído forma un nuevo molde, que es el molde que necesita ese disco que estás escuchando en ese momento. Me parece que es importante esa posibilidad que uno tiene de cambiar y moldearse según lo que recibe. Es la capacidad de poder escuchar música y ser blando para poder recibirla. Por lo general lo que más me gusta, en un principio me resultó extraño, no lo entendí o no me llamó la atención.
–¿Con qué músicos te pasó?
–Me acuerdo algunos casos de la infancia. Una vez mi papá me trajo un disco de King Crimson (Larks’ Tongues in Aspic), en la época en que la música era otra cosa acá: pasé de Palito Ortega a King Crimson, bueno, en realidad de los Beatles a King Crimson, que es un cambio muy drástico igual. Mi padre me hacía sentir que yo era importante teniendo ese disco (se ríe). Me impactó: pasé de no entender nada a inventarme un cuento para esa música. Como para mí las letras eran un sonido más, había un momento en que yo veía una ventana de noche desde afuera y veía siluetas a través de una cortina. Una mujer gritándole a alguien, recriminándole cosas, todo muy angustiante. Y para mí era eso: la banda se había propuesto meter a una mujer en una ventana a la que le pasaba todo eso. Listo, fue magia.

* * *
A Juana le gusta la música que tiene pedal. Entonces cuenta una anécdota: ella sola, de visita en la casa de su abuela, rogando que nadie se subiera al ascensor para poder cantar melodías con el ruido de fondo al subir. Una nota pedal es un sonido que se sostiene durante toda una canción mientras las melodías se mueven arriba. La música celta y la hindú, por ejemplo, usan notas pedales. “Hay un casete muy importante –afirma como contando un secreto–. Yo tenía 14 años y me puse a grabar canciones de cuna de Asia y África de un programa de radio de Francia… y después sí, quizás terminé haciendo alguno de esos sonidos”. Juana Molina sigue explorando música: “No escucho un género por sobre otro. Me gusta cuando aparece alguien detrás o delante de un estilo. Cuando hay algo personal y único, ahí se pone interesante”.
En 2011, el sello belga Crammed Discs la contrató para formar parte de un proyecto ambicioso: armar una súper grupo con la revelación africana, Konono nº 1, de Congo, Deerhoof (una banda de rock experimental de California) y Kasai Allstars, un colectivo también de Congo. Así se formó Congotronics vs. Rockers. Compusieron en Bélgica y viajaron por toda Europa presentando acalorados recitales.
–¿Cómo fue participar del experimento Congotronics vs. Rockers
–Finalmente, estuve cerca de África. Fue una experiencia de una excitación enorme y también fue difícil. Son culturas realmente muy distintas y todo lo que uno cree, el mito del swing africano… uno lo entiende más desde otro lado y deja de ser esa cosa inalcanzable. Me di cuenta que lo que hay es otro punto de partida. Todos los occidentales estábamos muy al tanto de un montón de música que no es la nuestra y ellos no conocían más que la música de ellos. La sensación que se podía tener al final es que éramos unos blanquitos que nos habíamos subido al proyecto africano, pero lo cierto es que era más fácil para nosotros montarnos sobre los africanos que para ellos sumarse a nosotros. Yo quería que ellos hicieran palmas en dos y en cuatro, y no había manera, entraban en uno y en tres. Era muy difícil hacerlos salir de su propio esquema. Yo aprendí muchísimo porque tuve que desestructurar la cabeza.
–Te permitió ejercitar esa capacidad del “ser blando” para la música que decías recién…
–Claro, la música es ejercicio. Me pasa a veces cuando grabo una guitarra, y después grabo una voz. Después quiero tocar la guitarra mientras lo canto y es imposible y tengo que estudiarlo. Tengo que inventarme un camino en el cerebro para poder aprender que primero va tal voz y después tal dedo, después viene tal sílaba y después otro dedo. Es importante aprender nuevos caminos para hacer nuevas cosas. Para mí también es importante no siempre cantar mientras toco, sino grabar y cantar encima para que la melodía sea más libre. Cuando estás tocando un ritmo, tenés la cabeza armada para ese ritmo y si cantás encima lo más probable es que armes algo encima de ese ritmo que no tenga mucho contrapunto.
–¿Cómo surgen tus momentos creativos?
–Hay épocas en las que estoy muy productiva. No es que de golpe me vino la inspiración y entonces voy a grabar. Nunca me pasa eso. Simplemente estoy tocando la guitarra, medio paveando y en algún momento se me ocurre algo y después lo empiezo a trabajar. Va creciendo poco a poco, se va armando. Las cosas van apareciendo medio solas. De lo contrario, entro en una especie de trance, lo que hago no es muy interesante. O, al menos, si no estoy en trance, después tiro todo lo que hago porque no me gusta.
–¿Trabajás todos los días para que aparezca el trance?
–Soy medio hija del rigor. Para el último disco me dijeron: si querés que el disco salga este año, me lo tenés que entregar en mayo, yo en febrero no tenía nada, en marzo me puse a trabajar y lo entregué a tiempo (ríe). Si tengo un incentivo, una presión, entonces trabajo y viene la inspiración.
–En la canción “Un día” decís que vas a cantar las canciones sin letra para que cada uno imagine lo que quiera. ¿Qué tan cerca estás de eso?
–Menos de lo que pensaba. Hay ciertas melodías que no pueden ser cantadas sin letra, me gustaría resolverlo. Hay melodías muy protagonistas que no se interpretan bien si estás cantando lalalá. A mí me gusta lo abstracto de la música, al poner una letra, la canción se vuelve más terrenal. El próximo disco está muy avanzado, pero le faltan todas las letras. Siempre es lo último que hago. No me resulta un momento muy inspirador el de poner las letras, me está dando fiaca. Pero bueno, sería más difícil todavía llegar a la gente, todos están acostumbrados a escuchar canciones con letras. En cambio lo instrumental o lo que no tiene ningún mensaje hablado es más libre.
–La mujer en la ventana del disco de King Crimson.
–Ahí está, el disco de King Crimson que me regaló mi papá. Cuando escuché el CD remasterizando y llegó esa parte, de golpe había una guitarra clarita: apareció el instrumento y desapareció toda la magia. Se ve que Robert Fripp cuando remasterizó el disco, consideró que el solo no se entendía muy bien, pensó que la guitarra estaba muy lejos y la puso más al frente… entonces desapareció mi cuento por completo y apareció un señor tocando la guitarra. Para mí, lo importante de la música es cuando los instrumentos y las personas que los ejecutan desaparecen. La música por sí sola te tiene que provocar, te tiene que llevar de viaje. No tenés que estar imaginándote “ay, mirá que lindo cómo entró el bajo; ah, acá salió la guitarra; mmm, este teclado, ¿con qué lo habrá tocado?”. Si pasa eso para mí es una depresión total. La música tiene que sugerir cosas que no tengan nada que ver con la música, justamente. Me parece muy triste cuando se ve la intención del músico.

1 comment:

Hernan Dardes said...

genia(s)

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